“Compra solamente lo necesario, no lo conveniente, Lo innecesario.
Aunque cueste sólo un céntimo, es caro. La economía es la ciencia
de cercenar los gastos
superfluos”.

Lucio Anneo Séneca.

 

Hemos vivido una época reciente en la que literalmente estábamos embriagados, eufóricos, viviendo al límite de nuestras posibilidades…o por encima de ellas. Abusando del crédito que, por otro lado nos ponían en bandeja las entidades financieras. Pensábamos que nos concedían un crédito o la ampliación de uno existente porque significábamos algo para la entidad bancaria, haciéndonos sentir importantes, sin embargo, era una cuestión de tendencia marcada por grandes gurús de la economía, y la razón era que «tocaba» vender dinero. Después de parar la música, en el baile de la silla quedó de pie demasiada
gente…y de eso debemos aprender.

En otro tiempo, se hacían las cosas de otro modo, despacio y con cautela. Quiero recordar la manera de proceder de gente que nos ha precedido y que vivió también momentos difíciles y donde no había crédito, era difícil o con intereses de usura.
Muchos supieron aplicar la lógica y la paciencia para hacer las cosas, aplicando la inteligencia natural y emocional pues inteligencia académica no abundaba. Uno de ellos fue mi padre, al tiempo mi Padre Rico y mi Padre Pobre. En la actualidad y a sus 92 años goza de plenas facultades físicas y mentales y vive de sus rentas desde hace 28 años… ¿La fórmula? La misma que podemos encontrar en cualquier libro sobre el tema de inteligencia
financiera: trabajo, poner en marcha activos, no endeudarse ni cargarse de pasivos ni «juguetes caros», no desviar el dinero de tu negocio a otras cosas que no son tu negocio; ahorro, interés compuesto…

Me gusta contar una anécdota que viví en mi niñez y que recuerdo de forma muy vívida y que sirve de ejemplo. Lorenzo, como así se llama mi padre, construyó el año que yo nací una casita de playa en Torrevieja, provincia de Alicante, a unos 60 kilómetros de nuestra
ciudad, Murcia. No tenía por aquél entonces coche alguno ni otro medio de transporte propio, se servía de un taxi y de un taxista entrañable: Emilio Carrión el taxista. Yo disfrutaba siempre de la experiencia del viaje, situado detrás subido en el túnel de transmisión que separa ambos lados de los asientos traseros y agarrado al respaldo de
los delanteros. Eso me permitía ver perfectamente la carretera y cómo conducía Emilio su Seat Milquinientos, con su característico velocímetro horizontal rojo.
Contra la opinión de muchos de sus amigos que le insistían a mi padre que «solicitara» un Seat 600 (así se expresaba, pues en la dictadura se «concedían» algunas cosas a pesar de pagarlas) y lo pagara a plazos, mi padre se negó hasta tener el dinero suficiente…y algo más de margen para la compra. El resultado fue ir cada domingo a Torrevieja con Emilio (que ya era como de la familia) y su taxi, y así durante…¡7 AÑOS!

Impensable con la mentalidad de hoy, pero considero una decisión de lo más inteligente. Mi padre decía siempre que así se sentía cómodo sin la opresión de una obligación de pago en un panorama entonces incierto, y si un domingo no podía pagar el taxi, con no ir a la
playa quedaba el asunto resuelto. Algo distinto a no tener el dinero suficiente al vencimiento de una letra del coche. Se negó, por tanto, a adquirir un pasivo hasta tener ingresos que lo justificaran. 

Jamás tuvo un préstamo. Nunca.

Hizo grandes cosas con dinero en mano, pagando siempre a «tocateja» y vive de sus rentas como ya he comentado anteriormente, desde que se jubiló hace veintiocho años.
Como dice mi gran amigo Juan José Pérez Madrid, que le enseñó su abuelo, manejando dos bolsillos: el de cobrar y el de pagar. 

Con respecto al coche, no ha sido el único como es normal. Hoy a su edad conduce de vez en cuando su Golf GTI mkIII y según él me cuenta entre bromas, de vez en cuando, todavía «le mete caña». 

Todo un ejemplo de inteligencia financiera. Una razón más por la que siento orgullo y admiración por el padre que me ha tocado tener. Un emprendedor adelantado a su tiempo. Valga este capítulo como reconocimiento a una persona que le tocó vivir una época difícil, la posguerra civil española y que entendió ese concepto que hoy manejamos sobre inteligencia financiera, de forma natural.

Además, no tiene por apellido Kiyosaki, sino uno mucho más nuestro.

© 2.018 Gabriel Hernández Guillamón