Muchas personas gastan dinero que no tienen
en cosas que no necesitan para
impresionar a personas que les caen mal.
Will Smith.

 

¿Cuánto tiempo podríamos mantener nuestro estilo de vida actual sin hacer recorte alguno, si mañana tus ingresos pasaran a ser «cero»? Tómate unos minutos para hacer un cálculo sencillo.

Cuando hago esta pregunta en mis talleres y seminarios, por lo general me encuentro caras de estupor inicial y desasosiego posterior. A casi todos, la pregunta les coge por sorpresa. Aunque todo el mundo es conocedor de su salud económica, por lo general evita entrar en profundidades, sobre todo si la cosa no está para muchas alegrías.
Pues bien, me he encontrado con respuestas de todo tipo, pero por lo general revelan situaciones delicadas. Pocos son los que afirman que un año o dos, otros consideran que algunos meses…semanas…y por desgracia, muchos son los que no llegarían a unos pocos días.

Hoy ya no se mide la riqueza en dinero sino en tiempo. El tiempo que podemos mantener nuestro nivel de vida a pesar de dejar temporalmente de tener ingresos, ya sea de modo voluntario por excedencia, vacaciones, o bien por otras circunstancias inesperadas, como una incapacidad temporal o una situación de desempleo. Ese tiempo disponible, esa «gasolina» que nos queda en el depósito, constituye nuestra libertad. 
Nos han transmitido culturalmente la idea de trabajar y conseguir bienes de consumo que nos aporten una felicidad efímera para seguir consumiendo. La sociedad de consumo nos lleva a agotar nuestro presupuesto mensual para empezar un nuevo ciclo el mes siguiente.

A este proceso cíclico yo lo llamo la carrera del «tieso», una carrera incesante de consumo y endeudamiento que nos hace reos abnegados, para el mantenimiento de un sistema consumista, en el viaje a ninguna parte. Nos han enseñado a comprar bienes inmuebles,
como la propia vivienda y, después de años de trabajo duro, segundas residencias para ocio y vacaciones bajo la idea de que además de disfrutarlas, serán buenas inversiones de futuro…Sin embargo, en los últimos años hemos asistido a un cambio de paradigma que ha llevado la desdicha a muchos hogares que están sufriendo los estragos de fórmulas de ahorro e inversión ya caducas. Tras una vida de trabajo, algunos tienen patrimonio hoy invendible o del que se podrían desprender pero a precios de saldo, viéndose sin dinero líquido con el que afrontar los gastos para su mantenimiento. Además, muchos se ven en este panorama sin ingresos o con una pensión exigua a todas luces insuficiente.

Es un hecho que pocas familias ahorran. Muchos debido a la precariedad en el empleo y con salarios a la baja. Además, y principalmente, por la falta de cultura de ahorro. Querer buscar un atajo hacia la libertad financiera esperando ser beneficiarios de una herencia o de un premio de lotería que les resuelva la papeleta, es un planteamiento tan ingenuo como improbable. Además, obtener algo sin esfuerzo es garantía de pronto perderlo por no saber apreciarlo debidamente. 

Muchos de nuestros mayores pasaron por situaciones muy duras, y vivieron en una cultura de ahorro a pesar de la dureza de los acontecimientos. Supieron ser disciplinados, metódicos y perseverantes. Sobrevivieron a pesar de unos ingresos escasos y créditos inexistentes o en condiciones de usura. Aprendieron a valorar mucho el riesgo y a la hora de invertir se mostraron de lo más conservadores.

Nada más lejos de mi intención querer dar fórmulas para planes financieros y de inversión, para ello podemos consultar con expertos economistas, asesores o brokers. Sólo me referiré a la actitud que debemos adoptar sobre la cuestión y a emplear pequeñas técnicas, todas de sobra conocidas y no por ello pasadas por alto habitualmente, sobre una fórmula sencilla y válida: trabajo, ahorro y prudencia en los gastos. Además y por lo visto de los últimos años (fórum, preferentes, Madoff…) resulta más saludable y rentable confiar en nuestro propio instinto.

Se sabe que el dinero es tímido y elusivo y la riqueza es reservada e igualmente esquiva. Por lo tanto debemos atraerlos, ya que la riqueza se produce a través de planes bien concebidos y cuidadosamente ejecutados. Sin embargo, la pobreza no requiere de plan alguno.

Desde el inicio de nuestra actividad se hace obligatorio planificar qué hacer con los ingresos que empiezas a generar y evitar siempre el gasto sin control y mientras haya dinero en la caja.

Una persona es rica (que no millonaria) cuando vive con una parte de lo que gana y guarda la diferencia. Es decir, con su nivel de ingresos cubre sus necesidades y le sobra, gastando sustancialmente menos de lo que ingresa, así de sencillo. Esto constituye la base donde cimentar la verdadera libertad, pues no hay libertad sin un respaldo económico.

Un asalariado que administra unos ingresos de 1.000 euros al mes sin obligaciones mensuales de hipotecas y otros gastos, puede ser más libre y más rico que otra que ingresa 5.000 pero que vive al día y está sobreendeudada por un estilo de vida que no es acorde con sus ingresos. Mucha gente con problemas para llegar a fin de mes piensa que
la causa de sus males es un salario insuficiente y que si les subieran el sueldo un 20% alcanzarían a cubrir sus gastos e irían más desahogados resolviendo así sus problemas. Esto casi nunca es una solución, al menos duradera en el tiempo, ya que existe una ley «universal» que hace que los gastos «obligatorios» aumenten proporcionalmente al nivel de ingresos.

No descuides los pequeños gastos.
También el pequeño agujero hunde el barco.

Benjamín Franklin.

Como ya vimos anteriormente, no debemos perder de vista y meditar cada compra e inversión en aquellas cosas que, por su naturaleza, van a traer consigo un gasto y suelen ir disfrazadas de necesidad o de mejora de nuestra calidad de vida: segundas residencias, clubes sociales y deportivos, embarcaciones de recreo, coches más lujosos y potentes,
hobbies, etc. harán que nuestras obligaciones mensuales aumenten, mermando precisamente y en última estancia nuestra calidad de vida. Compramos por emoción y justificamos con la razón. Caemos en la trampa del consumo adquiriendo cosas que no necesitamos realmente.

A menudo, la diferencia entre el niño y el adulto
se puede apreciar
en el precio de los juguetes.

No propongo vivir en la austeridad absoluta, pero si defiendo que los gastos deben producirse en la medida que los ingresos los justifiquen, apreciando siempre al 100% el valor de lo que gastamos.

Además, los derrochadores viven siempre con el temor a la pobreza.

 

© 2.018 Gabriel Hernández Guillamón